Leer

Leer o no leer, esa no es la cuestión

Es increíble cómo nos atrapamos en bucles absurdos. A menudo escuchamos comentarios como me gustaría leer más pero no puedo, no tengo tiempo o no me da la vida. Todo bien, el día transcurre en 24 horas y las usamos como buenamente podemos. Escribo este artículo para aquellos que se quedan atrapados entre las buenas intenciones y la dificultad para cambiar de hábitos. Leer o no leer, esa no es la cuestión.

Porque, tras afirmaciones como no me da la vida para leer, siempre llegan preguntas del estilo ¿qué podría hacer para leer más? Si se lo preguntas a mi madre, te dirá: pues hijo, abre un libro. Pero el cambio de hábitos requiere motivación, así que empecemos por esos argumentos de mejora que tanto nos gustan.

 

LEER, POR QUÉ ES SALUDABLE

Beneficios, sí, leer tiene beneficios y el agravio de quitarnos tiempo de móvil y cervezas. Pero veamos por qué compensa –a parte de por lo evidente–:

  • Leer mejora y desarrolla nuestras capacidades comunicativas. Como dijo Cicerón, “a hablar no se aprende hablando, sino leyendo”. Y si te gusta escribir, aplícate el cuento.
  • Leer te transporta a nuevos mundos e ideas en el momento, pero también estimula el subconsciente a niveles que no percibimos en nuestro día a día. Muchas de esas ideas espontáneas que aparecen, nacen de un rato de lectura que activa la memoria RAM humana. Como dice el neurólogo Stanislas Dehaene, la capacidad lectora modifica el cerebro y la habilidad para imaginar. Esperemos que para bien.
  • El grado de abstracción que requiere la lectura estimula la creatividad por encima de otros actos culturales como el audiovisual.

 

AHORA SÍ, ¿QUÉ PUEDO HACER PARA LEER MÁS?

Ni mucho menos tengo la clave para responder a esa pregunta. Pero no cierres aún la ventanita de esta entrada. A lo largo de mis años mozos, he escuchado y visto maneras y soluciones para desperezar al ávido lector que llevamos dentro. Y, por supuesto, si se te ocurre alguna, escríbela en los comentarios.

  • Lo primero parece obvio, pero la inercia de la vida, a veces, nos coloca en situaciones absurdas. Lee lo que te apetezca. Sin más. Si te cuesta sentarte con un libro en las manos, no te fuerces a leer esa novela densa que tienes pendiente, ese ensayo tan importante para tu trabajo o ese libro sobre cualquiera de las guerras del mundo. Empieza por lo que te abstraiga y te llene, por banal o vergonzoso que sea. Da igual si es esa novela romántica o la enésima novela negra del enésimo detective alcohólico. En serio, ya leerás ese tocho en unos meses, ve a la librería de tu barrio y disfruta escogiendo un libro leyendo esa contraportada hecha con amor por su editor.
  • La primera nos lleva a la segunda. No te obligues. Nadie disfruta yendo al gimnasio por obligación. Nadie se lo pasa bien viajando de mochilero si es carne de resorts. Busca momentos íntimos, sírvete un café o un dulce, disfruta del momento. Convierte ese tengo que en necesito saber cómo termina.
  • Escoge cada lectura para cada momento. Otra obviedad, pero deja ese libro sobre la profundidad de los sentimientos para el fin de semana y, en el metro, abre esa historia emocionante que se lee sola.
  • Si tienes hijos, lee con ellos. Ayúdales a crear sus momentos de lectura y úsalos tú para leer tus pendientes.
  • Habla sobre lo que lees. Igual que mientras comemos en el trabajo nos encandilan explicándonos la trama de esa nueva serie, haz lo mismo con tus libros. Los demás harán lo mismo y se crearán curiosidades que se traducirán en más lectura. Somos seres sociales, no lo olvides.

 

Y bueno, no se si las madres siempre tienen razón, pero recuerdo el siempre recurrente pues hijo, abre un libro.

 

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