¿Fue el Gran Teatro Español el más prestigioso del Paral·lel?

A principios del siglo XX, la avenida del Paralelo fue una explosión de teatro, cabaret, salas de juego, cafés, bares, prostitución, drogas, venta de refrescos y oferta de vida alegre. Los teatros competían por atraer a un público cada vez más exigente y desarrollaron la capacidad de escuchar sus gustos y preferencias. En medio de aquella jungla teatral, se alzaba el Gran Teatro Español –actual Sala Barts que también fue el Studio 54 de Barcelona en su día–, un templo de arte del que sus parroquianos hablaban maravillas. ¿Por qué se considera uno de los mejores teatros de la avenida del Paral·lel de Barcelona? ¿Es certera dicha impresión?

El origen del Gran Teatro Español

El primer edificio dedicado a las artes escénicas que ocupó el solar fue el Circo Español Modelo, un teatro de barraca con estructura de madera y forma de carpa que se inauguró en 1892. Fue rebautizado un año después como Teatro Circo Español. Sobre su escenario se ofrecían espectáculos de circo, pero también pantomima –de la mano, durante años, de los hermanos italianos Onofri que luego acabarían en el Condal–, music hall, zarzuela y otros géneros folletinescos.

Gran Teatro Español

Imagen de los primeros años

En 1907, un incendio surgido de la cocina del Café Español –que colindaba con el circo– calcinó ese primer edificio que, por aquel entonces, estaba regentado por el empresario Manuel Suñer. Era habitual que los teatros sufrieran incendios y otros incidentes porque la mayoría fueron alzados de manera provisional y con materiales baratos. Sin embargo, por los años del incendio, el Paral·lel de Barcelona ya era un importante centro teatral con un gran futuro por delante, así que, en el proceso de rehabilitación del Español, tomó la dirección del proyecto Josep Terrés, quien propulsó un teatro moderno, con capacidad para más de 1500 personas, iluminado gracias a la electricidad, que tenía un sistema de tramoyas muy moderno y, sobre todo, resistente al fuego. Así se gestó el escenario de lo que se terminaría llamando “La catedral del vodevil”.

Las dos décadas de esplendor de el Gran teatro Español

Para introducir el auge del teatro, empiezo con un fragmento que escribí en la novela La avenida de las ilusiones –Grijalbo, y también en catalán, L’avinguda de les il·lusions, Rosa del Vents–:

“Recuerdo una noche que al salir de la academia y dirigirme al tranvía me detuve en medio del empedrado, absorta en la fachada del Español. Desconozco por qué identificaba aquel teatro como una referencia de calidad, quizá por las grandes obras catalanas que había visto en el interior, quizá porque Ramón lo defendía a menudo; el caso es que me imaginé sobre su escenario impresionando a las compañeras de Can Batlló que ganaban tres pesetas al día. Comprendí que no debía desfallecer y me prometí que mi nombre aparecería en uno de los carteles que colgaban sobre las taquillas.”

A partir de su remodelación, el Gran Teatro Español se preocupó por ofrecer obras de calidad siempre protagonizadas por estrellas del momento. La compañía de Elena Jordi –gran actriz, empresaria y directora de cine– fue la residente en el teatro entre los años 1914 y 1920. Esta enorme artista fue un as escogiendo comedias francesas para el deleite del público y supo llevar glamour y clase a un género tan popular como el vodevil.

La compañía de Josep Santpere, uno de los actores más famosos de la época, ofreció espectáculos sobre sus escenarios durante toda la década de los veinte. Santepere, llamado el rey del Paral·lel, quién actuó en el estreno de varias obras de Àngel Guimerà y Santiago Rusiñol, también ofrecía dramas ubicados en el Distrito V –actualmente llamado el Raval– escritos por Amichatis y otras obras de índole social que conectaban con el público gracias a la proximidad de los temas tratados y que contrastaban con otros géneros más frívolos recurrentes en el Paral·lel.

Además, el Español pronto combinó la oferta teatral con la proyección de películas y fue de los primeros en programar títulos de Charles Chaplin, actor y director que triunfaba en las taquillas de Barcelona. No era de extrañar que actrices de talla internacional como Raquel Meller reconocieran el buen hacer del Gran Teatro Español y, a pesar de que ella actuó sobre sus escenarios en contadas ocasiones, incluso la Meller destacaba los aciertos de este templo del teatro barcelonés.

Por todo ello, cuando escribía La avenida de las ilusiones, entendí que la protagonista debía percibir el Gran Teatro Español como uno de los más reputados de la ciudad, símbolo de prestigio y profesionalidad, tal y como verás en el siguiente párrafo extraído de la novela:

“Escogí el Español porque debutar sobre su escenario dotaba a la compañía de prestigio, y porque las habladurías que salían por sus ventanas se convertían en entradas vendidas. Estrenamos con L’Aixeca dones, de Maurice Hennequin y Pierre Veber, debido a que el vodevil seguía triunfando a pesar de su mala prensa. Además, la mayoría de los espectáculos de la Jordi, la reina del Español, eran de estos mismos autores.”

 

La avenida de las ilusiones

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