Escribir para cambiar

Escribir para cambiar

La gente no cambia. ¿Cuántas veces hemos oído ese lugar común? Forma parte del imaginario colectivo. Durante mucho tiempo intenté rebatirlo, luego me rendí a su falsa evidencia y luego entendí que las personas cambian, pero no lo hacen como nosotros queremos que lo hagan. Y esa lección me la enseñó la literatura. Y la vida. No sé en qué orden. De ahí la necesidad de escribir.

 

Escribir el mito

Cuando estudiaba, leí Las mil caras del héroe, de Joseph Campbell. Campbell define la mitología como la manifestación de la mente humana encaminada a representar y a elaborar su dilemas. A partir de su estudio, describe un conjunto de estructuras y arquetipos que se repiten en la mayoría de los mitos de la humanidad. Con ese análisis crea el viaje del héroe, una serie de fases que los protagonistas de éstos atraviesan para conseguir sus objetivos y, así, evidenciar algunos de los intríngulis del que el ser humano necesita contarse.

Y ese viaje empieza con una llamada a la aventura, que después de una concatenación de fases nos acercan a un aprendizaje y, por lo tanto, a un cambio –acabo de simplificar al extremo el viaje del héroe para no extenderme, si queréis un resumen con los puntos clave del mismo, os recomiendo ver este vídeo–.

Una de las lecturas personales que hago sobre el libro es que el ser humano usa la historias para contarse que el cambio es posible e, incluso, necesario. El progreso necesita relatos que justifiquen la necesidad de una evolución o giro en la manera de ver el mundo. Me gusta. Convierte el acto de escribir en una necesidad.

 

Escribir el argumento

Otro de los libros que me apasionaron cuando era un pipiolo universitario es La semilla Inmortal Anagrama–, de Jordi Balló y Xavier Pérez. Ambos definen 21 argumentos universales en los que se podría definir cualquiera de las tramas de la historia del cine y los conecta con su fuente original, normalmente literaria. En cierto modo, nos viene a decir que la humanidad se explica, a través del cine, en solo 21 tramas cuya concreción, combinación y contextualización propician el sinfín de films que nos parecen completamente distintos. Salvando las distancias, serían las notas del pentagrama narrativo que nos ofrece universos completamente distintos.

¿Y hacia dónde nos lleva la definición de esos argumentos? Hacia muchos lugares interesantes y debatibles. Pero siguiendo con la idea, el libro define 21 viajes del héroe basados en anhelos, miedos, carencias y emociones muy humanas y diferentes. Y, salvo excepciones, nos llevan a un aprendizaje del protagonista o del lector/espectador directamente relacionado con el argumento en sí. Y es que, los propios títulos nos dan la pista: el retorno al hogar –La Odisea–, el conocimiento de sí mismo –Edipo–…

 

Escribir el viaje del cambio

Y por último, me dejo llevar por las palabras de Vogler. Su manual, El viaje del escritorEdiciones Robinbook–, uno de los más influyentes en Hollywood durante el final del siglo XX, no llegó a mis manos hasta éste pasado otoño. Curioso. Mr. Christopher Vogler coge el viaje del héroe de Campbell y lo explica desde el punto de vista narrativo, defendiendo la tesis de que toda historia no es más que una trama que se estructura a partir de doce pasos, tan flexibles y humanos que resumen la esencia de cualquier historia.

Antes de seguir, si no lo tenéis a mano ahora mismo, os recomiendo que veáis este vídeo resumen del libro. No es una proeza del audiovisual, pero aclara y resume los arquetipos y las estructuras míticas que Vogler propone.

Estéis o no de acuerdo con esta visión mítica de la narrativa, sigue apostando por el cambio como uno de los elementos imprescindibles dentro de las historias, de escribir. En casi cada una de las fases del viaje existen ejemplos de ellos, pero, por ejemplo, centrémonos en el octavo paso –La odisea– y veamos qué nos cuenta. Nos dice que todo héroe debe morir para renacer después. No significa necesariamente una muerte física al uso, puede significar la muerte de un ideal, de una gran verdad, de un estilo de vida, la pérdida de algo muy valioso, de un aspecto importante de la identidad… Y justo, en ese contexto, Vogler afirma: “Los héroes no se limitan a visitar a la muerte y refrescar posteriormente el hogar. Regresan cambiados, transformados. Nadie puede permanecer impávido e inalterado al borde de la muerte y permanecer impávido e inalterado después”.

–Antes de continuar, entendamos que Vogler se refiere a héroe como cualquier persona, independientemente de su género, edad, habilidades u obstáculos a los que deba enfrentarse. Podríamos cambiar la palabra héroe por protagonista, con muchas comillas, y el viaje seguiría teniendo sentido. El sujeto de lo que vamos a escribir–.

Volviendo al entrecomillado de Vogler, me gusta esta condición que observa como inherente en las historias que necesitan el cambio para ser, para que el héroe salve las etapas de su vida, de su trayectoria.

Y, lo explicado hasta el momento, me lleva de nuevo al principio. Somos protagonistas de nuestra historia. Y, para que éstas evolucionen, debemos practicar el noble arte del cambio, que no solo son posibles sino que son esenciales. Pero, claro, somos personajes en las historias de los demás. Y si su aprendizaje no pasa por nuestro prisma o ritmos, rápidamente sentenciamos que esa persona, ese hermano o esa pareja, no cambia. No cambia porque no quiere. Quizá, esas afirmaciones nos enmarcan en un inamovilismo que nos ciega. En realidad, somos nosotros mismos los que nos estamos resistiendo al cambio en el momento en que perpetuamos esas creencias, nos estamos estancando en una de las fases iniciales de nuestra propia aventura, negándola.

Escribir es un viaje para explicarnos el mundo, al menos lo siento así. Escribir es la búsqueda del cambio, de la evolución. Escribir es progreso. Que nunca os engañen con el discurso contrario.

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