Elena Jordi, la reina del vodevil del Paral·lel

De la avenida del Paralelo surgieron un sinfín de artistas de todo tipo: cantantes, actores, bailarines, cómicos… Muchas eran mujeres que destacaron por cuestiones que iban más allá de lo artístico: tenemos la repercusión internacional de Raquel Meller o la buena prensa de la Xirgu pero, sin duda, Elena Jordi se avanzó a su tiempo más que el resto: creó su propia compañía de teatro, fue la primera directora de cine de la península y llegó a construir un teatro con su capital.

 

Elena Jordi, una mujer hecha a sí misma

Montserrat Casals, conocida como Elena Jordi, nació en Cercs en 1882 y se casó en Berga donde residió un tiempo. Dejó a su marido para venir a vivir a Barcelona y regentar un estanco junto a su hermana y, una vez en la ciudad Condal, entró en contacto con muchos artistas del Paralelo que acudían a su establecimiento para comprar tabaco. Algunos de ellos fueron el actor Ramon Tor, quien la bautizó con su nombre artístico, o Alexandre Soler o Jandru, quien orientó parte su carrera y quien se rumorea que mantuvo un affaire.

Trabajó en varias compañías como de la de la Xirgu como segunda actriz y, a principios de los años 10, debutó como primera actriz junto a Josep Santpere en el Teatre Nou. Con Pepet se trasladó al teatro Español y allí, en 1914, fundó su propia compañía –Companyia catalana de vodevil Elena Jordi– que se convirtió en la residente del teatro hasta los años veinte.

 

 

Montserrat tenía una gran habilidad para conectar con el público. Entendía el significado de sus silencios y sus risas y controlaba muy bien el ritmo de la comedia y del drama. Fuentes de la época decían que sabía captar la atención de su audiencia y que los llevaba por donde ella quería. De hecho, fue conocida por brindar cierta sofisticación al vodevil y por tener una gran habilidad para jugar con el erotismo y el buen gusto. Además, supo rodearse de dramaturgos que guiaron su carrera como Santiago Rusiñol y tuvo gran habilidad para escoger al elenco de actores que la acompañaban en sus obras. Si queréis haceros una idea de cómo era, comparto una descripción de mi novela La avenida de las ilusiones:

 

Me topé con una mujer hermosa, no muy alta, con el pelo corto y la cara redondita. Sus labios carnosos y su mirada desafiante a la vez que cercana te atrapaban. La había visto brillar en vodeviles y también en algunos dramas. Su nombre artístico era Elena Jordi, y las malas lenguas nos consideraban rivales. ¡Era tan pronto para afirmaciones como esa! Elena me llevaba años de ventaja sobre los escenarios. Ella lo había dejado todo, el marido, Berga, y se había plantado en la gran ciudad para regentar un estanco. El resto es historia.

 

Nuestra protagonista logró éxito con obras como Salomé, de Oscar Wilde –que ya había estrenado Xirgu con anterioridad–; Cuídate de Amèlia, de Georges Feydeau; La lepra, de Santiago Rusiñol, y La mujer desnuda, de Henry Bataille, pieza que la catapultó a la fama. Tan atrevida fue en su carrera que no dudó en desnudarse parcialmente en algunas de las obras que lo requerían.

 

Elena Jordi, artista multidisciplinar

Elena Jordi rodó varias películas como actriz pero, finalmente, se aventuró a dirigir y producir una, convirtiéndose en la primera cineasta del país. Thaïs, la película en cuestión, se empezó a gestar en 1916 y se estrenó en 1918 y, muy a mi pesar, no queda ninguna copia. En el mismo año, la Jordi adquirió un solar en Via Laietana donde edificó un teatro que debería haberse llamado Teatro Elena Jordi. Por motivos poco claros, el proyecto se truncó y, finalmente, una distribuidora de cine compró el edificio y lo dedicó al séptimo arte, creando así el Pathe Palace.

 

 

En la década de los años veinte siguió cosechando éxitos hasta que, en 1929, llevó a cabo su último estreno conocido y se retiró de los escenarios. Sin duda fue una mujer notable que consiguió un sinfín de logros en una sociedad profundamente machista. Se dice que era mujer de carácter, segura de sí misma, fuerte, tenaz, constante y a la vez afable y encantadora. Ella forma parte de la historia de Barcelona en unas décadas convulsas y debería tener un lugar más destacable en el palco de estrellas y personalidades relevantes de la ciudad.

 

Para terminar, comparto otro fragmento de mi novela, La avenida de las ilusiones, en la que se describe su carácter y su poderío:

Elena había actuado con la Xirgu en el Tívoli, en el Principal con la compañía de Enric Giménez y con un largo etcétera de artistas en diferentes teatros. La Jordi dotaba de las pasiones más humanas y viscerales a cada uno de los personajes que encarnaba. El descaro era su gancho, su artificio como artista. Incluso en la comedia mas ligera, tenía recursos suficientes para meterse al público en el bolsillo. Fue ella quien tomó la palabra después de nuestro encuentro.

 

La avenida de las ilusiones

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