Personajes secundarios

Dos maneras de construir personajes secundarios

Borges decía: “hay que aprender a sacrificar lo insólito a lo eficaz”. Una afirmación contundente y más compleja de lo que parece. Cuando construimos un personaje secundario, no queremos que eclipsen a los protagonistas. Pero, a la vez, queremos dotarlos de esas peculiaridades que han convertido a algunos personajes secundarios de la literatura universal en inolvidables. Crearlos es una operación de cirugía con sus riesgos, pero como buenos doctores de tramas, debemos confiar en nuestras manos. Y en la eficacia.

A veces me encuentro afirmaciones como las de Enrique Paéz en su libro Escribir –Ediciones SM–, que dice: “No tienen posibilidad apenas de ser redondos, porque si adquirieran esa complejidad empezarían a competir con el protagonista”. Protesto, señoría. Observemos Miss Avisham de Grandes Esperanzas –Dickens–, Clarisse McClellan de Fahrenheit 451 –Bradbury– o Ellen de Hurra –Brooks–. Tres personajes de tres historias, épocas y tonos completamente diferentes pero que nos cuentan una evolución propia dentro del mundo al que accedemos a través de Pip, Guy Montag o Daniel. Sin duda, perderían fuerza sin estos tres increíbles secundarios.

Sí, dos párrafos que no aclaran nada. Pero sirven para ilustrar una de las eternas inseguridades –poco reconocidas– de lo escritores y escritoras. Propongo dos maneras de proyectar personajes secundarios que nos llevarán a una insólita eficacia.

 

La precisión y lo concreto de los personajes secundarios

No lo negaremos, son pedazos que componen el alma de una novela. Y, a pesar de eso, los construimos definiendo un carácter y explicando su historia con menos escenas y recursos que los usados con los protagonistas. En ese sentido, el libro Escribir Ficción –Alba– basado en el Gotham writer’s workshop, dice: “el truco con los personajes secundarios de tu historia consiste en encontrar unos pocos detalles definidores que realmente capten la esencia”.

Lo primero que tenemos que tener claro es su identidad y su objetivo dentro de la trama. Definámoslos en un plano trascendental –qué idea o emoción encarnan–, contando cómo se enfrentan a la vida y a sus propios dilemas. Y luego bajemos al detalle, encontremos características y acciones que los definan claramente pero sin caer en los lugares comunes. No perdamos el tiempo definiendo los grises que nos ofuscamos en definir con los protagonistas y que quedan entremedio de esos dos planos. Es una manera de avanzar rápidamente y con cierta profundidad. En Patria –Tusquets–, Fernando Aramburu define a Gorka a través de su pasión por la lectura y la escritura y cómo ambas lo evaden de la realidad.

Un ejemplo simple. Imaginemos que tenemos a Maria, una diseñadora gráfica que encarnará el inconformismo. Podemos presentarla talando un árbol en su calle. Maria trabaja en un despacho situado en la primera planta del edificio que se halla justo delante del árbol y éste ha ido invadiendo su balcón de una manera agresiva. Después de llamar mil veces al Ayuntamiento, se cansa y lo corta, con la mala pata de que cae sobre el protagonista y lo lesiona. Quizá esto provoca que el prota no pueda acudir a una sesión de terapia de parejas que era clave para salvar su matrimonio. Y ese es el primer paso para que lo llevará a cambiar su vida. Queríamos que un personaje secundario inconformista acelerara el proceso de nuestro protagonista. Y con la anécdota del árbol concretamos ese inconformismo sin necesidad de definir la relación de la diseñadora con sus padres.

Por supuesto, es lindo dedicar horas definir con minuciosidad todos y cada uno de los personajes que aparece en tu novela. Pero en general, dificulta y magnifica el trabajo de una manera que puede llegar a convertir la escritura en una montaña que parece insalvable.

 

El contraste mejora la foto de una novela

El contraste, ese gran aliado de los instagramers, matiza sus fotografías y los dota de una textura muy concreta. Los secundarios ayudan a construir ese entramado tejidoso que une el mapa de una historia. Por eso, podemos definir un personaje secundario en contraste a la personalidad de los protagonistas o del resto del elenco humano de nuestra novela.

Si observamos, por ejemplo, El viaje del escritor –Ediciones Robinbook, Christopher Vogler define arquetipos basados en la obra de Campbell –Las mil cara del héroe– e inspirados en una serie de patrones que se repiten en muchas de las narraciones antiguas y actuales. Concreta, por ejemplo, personajes como el mentor, esa figura que aparece durante la evolución de una historia y que enseña o da pistas al protagonista sobre cómo salvar el obstáculo que le detiene de su objetivo. Puede ser desde un evidente Yoda de Star Wars hasta un amigo del entorno cotidiano que lo aconseja en la dirección que necesita. Si nos agarramos a este arquetipo, podemos construirlo a partir de una serie de características contrarias a las del protagonista para que sea posible definirlos en una sola conversación.

Si el protagonista es impaciente, nuestro mentor encarnará la tranquilidad. Si el protagonista cree en el trabajo duro, la filosofía del segundo se basará en la ley del mínimo esfuerzo. Con dos o tres características en oposición construimos un personaje secundario que se define con rapidez y cumple su función. El siguiente paso es hallar los porqués de su carácter y, venga, ya tenemos un interesante nuevo secundario.

Probadlas. Son dos maneras para movernos con maestría entre lo insólito y lo eficaz.

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