creatividad

Sobre la creatividad

 

Últimamente estoy algo refunfuñón. Un colega siempre me dice: cuando tienes una inquietud o la verbalizas o se hace bola. Siguiendo esa filosofía y alejándome de mi pitufo gruñón interior, hay un par ideas que se repiten a mi alrededor que me enervan. Veamos.

Voy a hacer 33 años y, a mi alrededor, veo a muchas personas angustiadas por el paso del tiempo. Siento que mi generación se toma los cumpleaños como si marchitara la posibilidad de vivir experiencias, de crecer, de seguir creando… Existe una idea muy extendida en nuestro imaginario, incluso en el más progresista, que machaca nuestro cerebro con expresiones como “la juventud es una fuente de creatividad”, “los jóvenes deben romper las reglas”, “juventud divino tesoro”, “hay que rodearse de juventud para renovar, para progresar”, etc. Pues bien, me parece una idea sumamente retrógrada, me explico.

Si pensamos así, contribuimos a construir un recorrido vital marcado en el que la juventud sirve para explorar y romper las reglas, la madurez –o qué sé yo- para establecerse y la vejez para ser conservador y criticar el mundo desde el púlpito de la experiencia. Supone condenar el nervio y el cambio a un período de la vida en concreto. ¿El resultado? Conseguimos una excusa perfecta para que el miedo y la pereza se apoderen de nuestra edad adulta. Y esa filosofía nos ha brindado a toda una generación una sensación de emergencia y ansiedad vital y un FOMO que no podemos con él. Lo veo a mi alrededor. Muchos conocidos/as tienen miedo a que pasen los años, justo porque no han hecho todo aquello que se supone que deberían haber hecho, porque no han marcado la diferencia, porque su profesión no se ha convertido en una religión trascendental que le ha dado sentido a su vida. Como si después de los 30 o los 40 –o escoja usted la década límite– todo fuera especular y criar hijos.

Esa idea me parece una gran trampa. La creatividad es y debería ser un valor transgeneracional, así como la actitud cuestionadora, rompedora. La vida avanza y, con su paso, alejamos cada vez más esos sueños que cultivamos de adolescentes y que, debido a su ausencia, nos convierten en ese autobusero que saluda sin ganas o ese directivo de una empresa que prefiere pasar más horas en la oficina que en casa. Lo sé, exagero. Pero quizá no tanto. Y es que esa idea me conecta con otra.

La autoayuda, las filosofías basadas en el yo nos alientan a perseguir nuestros sueños, a salir de vidas encorsetadas que no nos aportan nada. Perseguir sueños es un negocio que se alimenta del ciudadano actual y de su necesidad de una experiencia vital plena. “Todo el mundo lleva un libro dentro”. “Si siempre has dibujado muy bien, déjalo todo por tu sueño”. “Tú vales”. “Tú tienes algo que decir”. “Tú puedes ser el próximo Gabriel García Márquez”. Alto, un momento. Estamos confundiendo cosas. Estamos cosificando una actitud, una experiencia, una necesidad de expresión. Estamos creando una nueva presión. No todo el mundo debe escribir para publicar, para vender, para ser. Expresar, tener un hobby creativo, no tiene que llevarte al dinero, al éxito, a la trascendencia. Os aseguro que la mayoría de escritores que conozco se sienten muy poco trascendentes. Cuando desgranas su discurso de éxito –o de fracasados según el perfil–, ves que no hay más que los mismos miedos, inseguridades y frustraciones vitales que los que tienen los demás.

Y es que si nos ponemos en esa tesitura, estamos dejando de escribir, pintar o hacer el pino por nosotros mismos. Lo hacemos por los demás. Por lo que digan, por ser, por aparentar. Y, como que al final, la cultura, hoy en día, es una industria –necesaria–, si no nos convertimos en un agente de la misma, nos frustramos y, poco a poco, abandonamos esa parte de nosotros que escribía, esculpía, bailaba, soñaba. Y esta es uno de los motivos por el que matamos nuestra creatividad, nuestra pulsión genuina, nuestra fuerza. Los sueños pueden redibujarse tantas veces como queramos. Ah, y para que se cumplan, debes decirlos en voz alta, compartirlos, formar parte de nuestra rutina No me jodas, papá, que tengas 60 años no significa que no puedas crear, aprender, decir. No me jodas, hermano, que tengas casi 40 años no significa que no puedas soñar, cambiar, aportar, explorar. No me jodáis, colegas, no perdáis el tiempo con la ansiedad por su paso.

Hay una línea entre aceptar nuestra vida y ser felices y querer dedicar nuestra vida a un sueño. Creo que no nos han enseñado a lidiar con la frustración, con el éxito, con el deseo y el anhelo. Crear no tiene por qué ser una profesión, puede ser un gran hobby. Así que mi frase de hoy es: ni solo los jóvenes tienen la llave de la creatividad y el cambio ni todo el mundo lleva un Gabriel García Márquez dentro –entendiendo esta figura como un profesional de éxito en su campo y no por su capacidad de escribir–. Y, dicho esto, la segunda fase del día es… ¿y qué?

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